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INTRODUCCIÓN AL LIBRO ESTUDIO
ORIGEN Y DESARROLLO DEL LIBRO DE HORAS.
El pueblo hebreo, que ya desde sus orígenes se auto-consideró como el elegido por Dios, fue al mismo tiempo, en nuestro entorno Occidental y en el ámbito de las religiones monoteístas, el que más anheló su regreso o venida al mundo, tras los hechos narrados en el Antiguo Testamento, marcando este deseo de forma trascendental su propia idiosincrasia y justificando su acendrado espíritu religioso, que cristalizó en el Talmud, como libro comprensivo de sus viejas tradiciones, doctrinas, liturgias e incluso normas de su comportamiento individual y social, siendo acatado su contenido tan rigurosamente como anteriormente lo habían hecho, con las consabidas excepciones bíblicas, la normativa precedente, los Mandamientos que el Todopoderoso le había entregado y mandado cumplir por mediación de Moisés.
Tras el paso de Cristo por la tierra, habiendo nacido y vivido precisamente entre los propios judíos, los cristianos, sus seguidores, asumieron en sus rezos parte de los ritos hebraicos, acoplando en sus oraciones diarias no sólo la doctrina y moral que su Maestro les había enseñado con su palabra y su obra, sino también el contenido bíblico que forma el Antiguo Testamento.
En cuanto al tema que nos ocupa, inicialmente surgen los llamados Salterios, centrados en el Libro de los Salmos, usados por los fieles y que juntamente con los Leccionarios, Antifonarios y demás libros que contenían el Oficio Divino en su conjunto, se refundieron en los Breviarios, que abarcaban todos los rezos eclesiásticos del año litúrgico, de uso por parte del clero. En la alta Edad Media los diversos estamentos del propio clero, abastecidos de inquietudes que superaban las normas básicas y obligatorias impuestas por la Iglesia, ya de por sí bastante exigentes para la consideración que ahora nos merecen, incrementaron sus rezos repartidos durante las diversas horas de cada jornada, con los Oficios dedicados a la Virgen María, con salmos penitenciales, sufragios a los santos de su devoción y otros. Paralelamente, los fieles fueron también agregando por su parte a los Salterios otros contenidos al texto de éstos, por el siguiente orden cronológico, conforme indica el abad francés, al que se puede considerar como uno de los mayores precursores y estudiosos de los Libros de Horas, Leroquais: letanías dedicadas a los santos, oraciones y sufragios a los difuntos, el Oficio dedicado a la Virgen, que ya en el siglo XIII comenzaron a formar el contenido de los primeros Libros de Horas, ABreviarios de los laicos, para uso exclusivo de los fieles, en su afán de colmar sus ideales e inquietudes religiosas a nivel individual, prescindiendo así en parte y de forma paulatina, del estamento eclesiástico, al disponer de tal medio de rezos más reducidos que los contenidos en los Breviarios clericales.
Aunque los Libros de Horas han venido sugiriendo a los diversos especialistas que en nuestro inmediato pasado le han comenzado a prestar sólo parte de la atención que los mismos indudablemente merecen, diversos criterios acerca de la causa, origen y justificación del prolongado éxito temporal y geográfico alcanzado por los mismos durante tantos siglos, mereciendo especial atención concretamente en nuestra patria la saga de los Domínguez (J. Domínguez Bordona y A. Domínguez Rodríguez); sin embargo, para el autor de este trabajo, simple aficionado comparado con aquellos, lo más apropiado y acorde con las circunstancias del lugar y tiempo, considerando en su conjunto los elementos socio-religiosos de la época, es considerar al Libro de Horas, cual indica D0 Ana Domínguez, como A... un elemento representativo de los valores culturales y religiosos del Occidente medieval y una expresión más del culto a María que por diversas influencias, entre las cuales destaca especialmente la obra de San Bernardo, se imponen en los siglos tardomedievales, ya que su núcleo central es el pequeño Oficio de la Virgen. Surgió en el siglo XIII alcanzando en ese momento la fórmula predominante de Salterio-Libro de Horas y siendo reemplazado, por lo general, en el siglo XIV por el Libro de Horas propiamente dicho que alcanzó su plenitud en los siglos XV y primera mitad del XVI, desapareciendo prácticamente a finales de éste.
Se puede conceptuar a los Libros de Horas (excluídos los impresos), como manuscritos en soporte de pergamino, generalmente de reducido tamaño que facilitaba su uso y transporte diario, en los que se suelen combinar textos con bellas miniaturas, orlas y letras capitales o iniciales artísticamente confeccionadas, que si aún ahora fascinan a quienes los pueden disfrutar, con mayor razón ejercían una trascendental influencia en sus contemporáneos, mucho menos habituados a convivir con las artes plásticas.
A partir del siglo XIII los monasterios dejaron de ser la única fuente de producción librera manuscrita, dentro del ámbito religioso, pasando a compartir dichas labores, paulatina y progresivamente y ante la cada vez más amplia demanda de productos tales como los Libros de Horas, los seglares, organizando talleres cada vez más generalizados en las grandes ciudades, inicialmente en Francia, para extenderse posteriormente a los Países Bajos, Alemania, Inglaterra, e incluso a Italia y noreste de España, llegándose a una producción en serie a partir de la mitad del siglo XV .
En la Baja Edad Media el índice de analfabetismo era muy alto entre la población, incluso en las clases altas, de forma que habitualmente los poseedores o propietarios de los Libros de Horas, casi siempre escritos en latín, ni siquiera los solían entender, al menos de forma correcta, como ocurrió incluso en el caso de nuestra gran reina Isabel La Católica. Sin embargo, el hombre bajo- medieval contrarrestaba dicha carencia con una profunda preocupación y con un notable temor a la ley divina, y el epicentro de su vida giraba en torno a una búsqueda de la recompensa del premio celestial para después de su muerte, derivado de sus obras en esta vida terrena, que no era sino una simple prueba para merecer una buena recompensa de carácter eterno. Los Libros de Horas, que inicialmente se ejecutaron por artistas consagrados y por encomienda de reyes y otras personalidades cortesanas, principalmente mujeres, posteriormente pasaron a adoptar una clara tendencia a amoldarse a las necesidades de cada individuo gracias a la producción seriada, requiriendo atemperarse a las circunstancias humanas y geográficas concretas, apareciendo como un medio necesario para colmar la acendrada devoción y la aparición de una sociedad urbana elitista en el bajo medioevo, influenciada progresivamente por los ideales renacentistas tendentes a acentuar el propio valor personal en todos sus aspectos, llegándose así a una importante proliferación en los siglos XV y siguiente.
El bajomedioevo estuvo presidido por un teocentrismo generalizado y acendrado, procedente de etapas anteriores y que durante el siglo XIV estuvo alimentado por las terribles e incontroladas pestes negras de orígenes desconocidos y cuyos desatinados paliativos con demasiada frecuencia incrementaban la desgracia y la pobreza, por las guerras demasiado frecuentes y en muchas ocasiones propiciadas por el desatino de la realeza, por hambrunas, por falta de higiene, etc. En definitiva, estas y otras causas y sus consecuencias parecían dar razón a los que vaticinaban el pregonado final de los tiempos. Ante tal situación, con la ventaja que ofrece la posibilidad de enjuiciar en la actualidad las circunstancias ambientales, personales y morales que presidían la sociedad de aquellos tiempos, no resulta arriesgado ni difícil poder comprender la idiosincrasia de sus gentes, y su convencimiento de que lo importante es ganar méritos en esta vida para salvarse y entrar en el reino de los elegidos por Cristo; de ahí que el epicentro de su existencia girase entorno a Dios, y un medio útil para conseguir orar: impetrar el arrepentimiento de sus malas obras, hacer propósito de enmienda y solicitar la intercesión de la Virgen María, madre de Dios, lo constituían los Libros de Horas, que le servían de guía a los laicos, paralelamente al Breviario de los clérigos. En ellos encontraban ocasión para rememorar a los santos de su devoción, con imágenes o referencias escritas de los mismos, a la vida, pasión y muerte de Jesucristo, y sobre todo a la Santísima Virgen, verdadera intercesora entre Dios y los hombres, dada su naturaleza humana, y que en más de una ocasión forzó a la Iglesia a tomar decisiones en las que el pueblo le llevó ventaja, como posteriormente se verá.
En el medioevo existió una creencia en que el corazón humano constituía el receptáculo del alma, la cual se afecta esencialmente con el principal de los sentidos: la vista, de ahí la importancia de las imágenes visuales que la persona percibe y transmite a nuestro interior.
(En su obra La Miniatura Medieval, del autor Pächt, se expone la manifestación de que las imágenes existen para ser leídas, y la escritura para ser contemplada, lo que nos ratifica que tal criterio guarda una directa relación con el bajo nivel cultural medio de la sociedad a la que iban destinados los Libros de Horas, e incluso tras la invención de la imprenta, la utilización generalizada de los grabados fue continuadora de las miniaturas de la etapa anterior).
Aunque excepcionalmente ya en el siglo XI existían Libros de Horas incluso en España, si como tal se considera al confeccionado para el Rey Fernando I que se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Santiago, sin embargo, como se deja expuesto, el predominio productivo tiene lugar en Francia durante varias centurias, aunque posteriormente se expandió a los Países Bajos, Alemania y a otras zonas en menor medida, yendo destinados a colmar las inquietudes de moral cristiana de los seglares bajomedievales, que hacían uso los mismos, cómodamente, en sus propios domicilios, recreándose y admirando así las bellas miniaturas, sin necesidad de ir tan asiduamente a las iglesias y catedrales en las que se desarrollaban la santa misa y demás rezos colectivos, siguiendo las pautas de las horas canónicas del clero, aunque no siempre ajustados a éstas en cuanto a contenido, constituyendo el epicentro de los rezos la devoción hacia la Virgen María, más asequible y próxima al ser humano que el propio Jesucristo, a criterio de la sociedad de aquel tiempo, cuya devoción se reflejó, paralelamente, con la dedicación de gran parte de las catedrales góticas europeas. Recordemos que ya el insigne precursor y estudioso de este tipo de obras medievales, Leroquais, las había conceptuado como recopilaciones de plegarias y de oficios para uso de la sociedad laica. Con los rezos de las horas distribuidos a lo largo de cada día, se consigue adorar a Dios, agradecerle sus infinitos favores y santificar las actividades humanas desarrolladas durante el resto de cada jornada. Los poseedores de los habitualmente pequeños Libros utilizan los mismos no sólo en la intimidad de sus propias alcobas, sino también en capillas particulares y en lugares destinados al efecto en las propias iglesias, apartados de las naves centrales, al constituir éstos un útil medio y guía para la concentración mística que el propio San Agustín, un milenio antes, había aconsejado a los cristianos.
Era necesario estar preparados espiritualmente, y tener el alma limpia de pecados, para enfrentarse a la eventualidad de la muerte, y dado que el Papa Bonifacio VIII en el año 1300 implantó la remisión de las penas no condonadas por la confesión, mediante rezos y plegarias, se efectuaban éstos con devoción y con asiduidad para evitar el tránsito del purgatorio; de ahí los constantes rezos a la Virgen en su el empeño en que la muerte no sorprendiese al cristiano y para conseguir conocer que se les revelase de antemano el momento fatal para estar preparados. Los Libros de Horas venían a colaborar en la consecución de dichos fines y eran un medio primordial puesto al alcance de los creyentes, al contener las horas canónicas reducidas, aunque a veces carentes de la censura clerical, acomodadas a los usos locales y a los gustos personales, lo que justifica su variedad. Los cristianos seglares bajomedievales, comenzando por los Países Bajos, se hacían acompañar de dichas obras, lo más ricamente ornamentadas y miniadas posible, en función de sus posibilidades y que muchas veces sólo comprendían parcialmente su contenido, por puro mimetismo, para ser leídas y admiradas en sus habitáculos domiciliarios, utilizando un mueble reclinatorio y al compás de las distintas horas marcadas por los campanarios de las iglesias más próximas.
El uso del pergamino en los Libros de Horas, coexistió con el uso del papel empleado en otras obras manuscritas; sin embargo el primero de los soportes era de mayor nobleza y de las mejores prestaciones conocidas entonces, sin que al papel se le pudiera conferir la categoría de alternativa, para alcanzar el mejor de los resultados, y por ello los cuidados y finos pergaminos requeridos y empleados asiduamente en la prolífica producción libraria parisina del bajomedioevo de los libros objeto de nuestro estudio, tanto en la encargada para ser destinada a personajes de alcurnia como para la clase urbana con posibilidades de afrontar el enorme gasto que dicho lujo suponía, se seleccionaron las pieles, desechándose zonas que pudieran formar arrugas o irregularidades (sabido es que el lomo del animal ofrece siempre la mayor calidad del soporte). Debido al pequeño tamaño del libro en estudio, su soporte es de vitela de excepcional finura, tras la depuración y laboriosa eliminación de las capas desechables, apreciándose aún hoy, tras el transcurso de más de 5 siglos y medio, un esplendor y blancura poco corrientes en este tipo de obras, apreciable incluso en la anverso o parte de la piel provista de pelo, pese a haber pertenecido, en el devenir histórico, a tantos usuarios antes de llegar a su actual titular.
En España la producción de Libros de Horas fue bastante escasa, aunque tenemos ejemplares que merecen especial consideración como sucede no sólo con el diurnal del Fernando I, llamado Libro de Horas de Fernando y Sancha, sino también con el Libro de Horas de María de Navarra, Libro de Horas del Infante don Alfonso y no muchos más; dicha carencia era suplida por la importación generalizada de libros procedentes preferentemente de Francia y de los Países Bajos. Abundó, por el contrario, la producción de ABeatos, o comentarios al Libro del Apocalipsis, cuyo autor, San Juan Evangelista, es el patrón del gremio artesanal de la producción libraria medieval en su aspecto conjunto (pergamineros, adornadores, copistas de textos, iluminadores, encuadernadores y libreros propiamente dichos).
Sin embargo, paradójicamente, mientras en Centroeuropa se rezaba a la Virgen María utilizando Libros de Horas, en España, donde siempre existió una gran devoción por aquella, se le dedicaban innumerables iglesias y catedrales.
San Epifanio ya en el siglo IV la definiese como A.. Rebasando una estatura media; el fino óvalo de su cara, ligeramente bronceado por el sol, tenía el color de una espiga dorada. Sus ojos eran verdes, las cejas negras y finamente arqueadas, el pelo rubio, la nariz aquilina y perfecta, los labios sonrosados, las manos y los dedos largos y delicados. Pero su mayor encanto era una belleza interior imperecedera e indescriptible. Era la más seductora de las mujeres, por ser la más casta y la más santa de las hijas de Eva.
Los cristianos reconocieron en ella esa Señora que el Rey Salomón ensalzó anticipadamente en su Cántico: Eres todo belleza, mi amor, y no hay mancha en ti. Simón Pedro la vio en las Bodas de Caná como una mujer bella, bien proporcionada, llena de vitalidad, de pocas palabras y buenas obras, que figuraba entre las glorias de Israel, ya que descendía de la estirpe de David. La propia Virgen María exclamó y reconoció que el Señor había hecho en ella maravillas...
Es a este personaje al que principalmente se le imploraba en nuestros Libros de Horas y no es de extrañar, ya que en la época que tratamos, ya predominaba la creencia en la Concepción Inmaculada de la Virgen María, que se irá acrecentando posteriormente aún más, haciéndose común la opinión de la ausencia de pecado original en la Madre de Jesús, como el Todopoderoso se merecía, desde su concepción en el seno materno de Santa Ana. Esta generalizada creencia fue vista con buenos por los varias órdenes religiosas, como la Franciscana, y por ello en el año 1854 se reconoció tal cualidad mediante dogma papal.
Anteriormente, al Obispo San Pedro de Mezonzo, impulsor destacado de la reconstrucción de la Catedral de Santiago tras ser arrasada por las tropas árabes dirigidas por Almanzor, en el verano del año 997, se le considera autor de la socorrida Salve Mariana.
Santo Domingo de Guzmán, nacido en Burgos en 1171 y fallecido en 1221, fundador de la Orden de Predicadores, implantó el rezo del Santo Rosario en su propia Congregación de Dominicos, por habérselo así revelado la Virgen, y a comienzos del siglo XIV el Papa lo reconoció también como verdad histórica.
Desde entonces hasta nuestros días se ha venido produciendo una eslabonada cadena de milagros, de sucesos y de vinculaciones relacionados con la Virgen María, a la que nunca se cesó de alabar y de dedicar lo mejor de nuestros poetas:
Sennora, estrella lusiente
que a todo el mundo guía,
guía a este tu serviente
que su alma en tí confia...
(Pedro Lopez de Ayala - 1332-1407).
Y me dicen que te cante, Reina mía;
y que cuente los hechizos de tu encanto:
y es que ignoran que en mi cuna
yo formaba la letrilla de tu canto...
Bien lo sabes, mi Señora; que en el centro
de mi alma y de mi vida entronizada
sobre todos mis amores,
eres sola y serás la Reina amada.
P. Prudencio Pérez - n. 1872).
Finalmente, a los Libros de Horas les llegó su ocaso.
La sociedad sacralizada necesitaba reformas, y a finales del siglo XV y principios del siguiente en España los Reyes Católicos y sus personas de confianza, entre ellas el Cardenal Cisneros, las acometieron, afectando a todas las órdenes religiosas, que tanto protagonismo tuvieron posteriormente llevándonos al llamado siglo de oro en los pueblos de habla hispánica.
El Papa Pío V presidió el trascendental Concilio de Trento, del que derivó la reforma litúrgica de la Iglesia, contrastando ésta con el contenido profano e incluso herético o supersticioso que en mayor o menor medida se deducía de los textos de los Libros de Horas manuscritos.
Aunque la proliferación de la imprenta, con las ventajas que en cuanto a propagación y economía representaba dicho sistema de producción, constituyó un obstáculo para los libros que merecen nuestra atención, sin embargo es de destacar que éstos ya venían conviviendo armónicamente con los impresos, incluso con los Libros de Horas editados por este sistema, al no poder cubrir éstos la demanda presidida por la suntuosidad y el lujo que sólo se podría conseguir mediante trabajos manuales en finos pergaminos y elaborados por verdaderos artistas no siempre adecuadamente valorados.
En España el inquisidor Fernando de Valdés (1483-1568), llegó a prohibir los Libros de Horas porque: contenían cosas vanas, curiosas, apócrifas y supersticiosas.
Por todas esas razones, los Devocionarios, con contenidos más regulares y uniformes y amoldados a las nuevas reformas, pasaron a sustituir a los Libros de Horas, que se llegaron a destruir en grandes cantidades, a causa de su inclusión en el índice de prohibidos por sus contenidos heterodoxos apartados de las nuevas normas eclesiásticas, y en el campo del arte se impusieron los lienzos de salones, menos íntimos pero de superiores dimensiones.
TEXTO DE LOS LIBROS DE HORAS.
Los Libros de Horas se usaron durante más de 300 años, en mayor medida por mujeres que por hombres, dado su contenido y sus especiales características, debiéndose al francés Leroquais la distinción en los mismos de sus elementos esenciales, los secundarios y los accesorios.
Entre los primeros se encuentran los contenidos correspondientes y provenientes de los Breviarios:
Maitines, o primera hora canónica, es la más larga, junto con laudes y vísperas, componiéndose de 3 oraciones propias de la noche, y soliendo ir arropada por la principal y más esperada miniatura del libro: la Anunciación, que en libros de lujo va acompañada de otras miniaturas relativas a la Concepción, al Nacimiento, a la Presentación de la Virgen en el Tempo, Anuncio de los Pastores, Asunción y ocasionalmente intercalando una Virgen tejedora.
Laudes, apareciendo habitualmente el contenido y la miniatura alusiva a la Visitación de la Virgen María a su prima Santa Isabel, cuando aquella está en cinta.
Prima, en la que se incluyen las escenas de la Natividad y esporádicamente la del Arbol de Gesé. Tercia, conteniendo el Anuncio a los Pastores-
Sexta, con la Adoración de los Reyes Magos, notándose a faltar el rey de color, que no apareció hasta las postrimerías de los Libros de Horas.
Nona, con la Purificación, la Huida a Egipto o incluso la circuncisión.
Vísperas, representadas normalmente por la Huida a Egipto o también por la Matanza de los Inocentes, incluyéndose la Huida a las completas, en este caso.
Completas: abarcan la muerte de la Virgen, así como la Asunción y su Coronación, con otras determinadas variantes, en función de la procedencia o escuela de que proceda el libro.
Los elementos secundarios, que se fueron añadiendo con el discurrir del tiempo, y cuyo contenido es más bien variado, en función de la procedencia de los Libros de Horas, cabe mencionar los extractos de los 4 evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan, del también se suele añadir el texto de la Pasión de Cristo según su versión evangélica, comenzando por el último con su correspondiente miniatura alusiva a la isla de Patmos; las oraciones de la Virgen Obsecro te y O intemerata, muy populares en aquella época, las oraciones de San Gregorio, etc; el texto de la Pasión de Cristo, conforme al relato evangélico de San Juan, representados por la miniatura de la Crucifixión, por la del Desprendimiento de la Cruz, la Cruz a cuestas, Jesús ante Pilatos, Prendimiento de Cristo; las Horas del Espíritu Santo, al igual que las de la Cruz, son breves, conteniendo únicamente un himno, una antífona y una oración, portando miniaturas relativas a la venida del Espíritu Santo (Pentecostés), Resurrección de Jesús, ascensión, el Noli me tangere, etc.
Los elementos llamados accesorios no son sino un variado conjunto de oraciones y de textos provenientes de los Salterios.
DECORACIÓN DE LOS LIBROS DE HORAS.
La decoración e ilustración o miniado de los libros, que en Occidente ya se había producido en las culturas griega y romana, en textos científicos y médicos, alcanza un gran desarrollo durante la Edad Media gracias al empleo del pergamino, como medio mucho más apropiado que el papiro que se había comenzado a emplear en el viejo Egipto.
Los monasterios pronto toman la alternativa consiguiendo Evangeliarios ilustrados con imágenes de Jesús, en España los Beatos, a los que se les dio el nombre de su autor, Beato de Liébana, abad del Monasterio de Valcavado; en general las obras religiosas que se elaboran en dichos centros se decoran las letras iniciales de los distintos capítulos, con entrelazados y encuadres con progresiva perfección artística, que se iluminaban con distintos motivos y colores y en las que también se aplicaban oro y plata en paneles muy finos y bruñidos o en polvo, para hacerlas más suntuosas, repartiéndose la labor entre los monjes y religiosas a quienes se le encomendaba tal menester, y aunque no siempre se trataba de verdaderos artistas, ya que se destinaban al culto, aún existen verdaderas obras maestras como los evangeliario irlandés de Kells o el alemán Evangeliario Imperial Sálico ACodex Aureus Escurialensis que se conserva en España. Inicialmente los escribas plasmaban el texto, dejando los espacios reservados tanto para la decoración como para la iconografía, e incluso se aprovechaban los márgenes para dar instrucciones a los iluminadores y decoradores, acerca de los motivos a incluir por éstos, con letras muy superficiales y fáciles de borrar posteriormente.
Se debe al emperador Carlomagno la iniciativa de llamar a su corte a distintos intelectuales coetáneos, no sólo para intercambiar conocimientos, sino también para homogeneizar los tipos de escrituras, adoptándose la carolina, derivada de la merovingia, que con el discurrir del tiempo, y tras una reducción de sus rasgos se hace más angulosa, apareciendo la definitiva uniformidad con la llamada letra gótica en los siglos XII y XIII. También en la decoración del libro se produjo un cambio significativo, que se distingue como del período carolingio o del renacimiento carolingio, fruto de cuya evolución surgieron importantes Salterios franceses e ingleses, como el de la princesa danesa Ingeborg.
Partiendo de la concepción medieval de que el fiel Adialogaba con las imágenes, otorgándosele al sentido de la vista una primordial importancia, se comprende que la decoración de iniciales y de orlas en los Libros de Horas, a ubicar en los espacios que el escriba les asignaba, solían conseguir un conjunto final armonioso y perfecto, gracias al empeño que en ello se ponía y a la experiencia de sus autores, que, en las últimas etapas de este tipo de libros, como ocurre en el que nos ocupa, se hacían a imitación de otros modelos existentes en cada taller.
Las ornamentaciones de las iniciales y las profusas decoraciones marginales, en combinación con las preciosas miniaturas, con las que aquellas compiten, y el estilo uniforme de la escritura, junto con la abundancia de colores, era lo que confería a estos libros la enorme vitalidad, belleza y popularidad tan justamente reconocidas tanto en su época como en la actualidad, en que, pese a la proliferación de medios a nuestro alcance, se nos antoja imposible de emular.
Podemos imaginarnos un taller medieval, en el que se conseguían los distintos colores en base a extractos vegetales y de minerales, como si de un verdadero laboratorio se tratase, y en el que se preparaban los pergaminos, que para este tipo de libros solían ser finas vitelas, que con frecuencia se obtenían del ganado ovino y caprino extrayendo las crías del vientre de sus madres, aunque ahora nos parezca tan cruento, con el fin de conseguir una tersura y finura que sólo así se podía conseguir para libros de pequeño formato.
Los compuestos así obtenidos se fijaban a los soportes, al igual que los oros y platas en finas láminas, gracias a los preparados de colas y otros elementos fijadores, por parte del artista o maestro, que era ayudado por sus subalternos, hasta conseguir, al cabo de muchos días de trabajo incesante, concluir la obra que el noble o mecenas le había encomendado o que iba destinada a ser enajenada al burgués dispuesto a conseguirla por una elevada suma dineraria acorde con la magnificencia del trabajo artesanal que se le entregaba. Las labores ornamentales en los Libros de Horas, tras la plasmación del texto o escritura, era proseguida por parte del iluminador o maestro del taller, que plasmaba su trabajo sobre espacios previamente delimitados, y que realizaba el decorado en su conjunto, para finalmente rematar la obra el artista o miniaturista.
Las iniciales se denominan caligráficas por estar hechas a pluma, o historiadas, cuando en su contorno encierran pequeñas figuras dentro del bucle de la letra.
Se llaman molduras, a los elementos decorativo que rodean a las miniaturas o incluso a la página completa del libro, que en los siglos XV y XVI se prolongaba por los márgenes, adornándola o completando los espacios con el empleo preferentemente de motivos florales (hiedras, etc), y con menor frecuencia combinándolos con fauna y con animales que no siempre eran reales, sino figuras bufonescas, grotescas y monstruosas.
ICONOGRAFÍA DE LIBROS DE HORAS.
El grado de aprecio que se suele conferir a estos libros acostumbra guardar una estrecha relación con la abundancia y calidad de sus miniaturas, ya que, como la realidad nos indica, los ejemplares más ricamente miniados fueron los que se confeccionaron por expreso encargo de reyes, príncipes, princesas y demás altos personales de las cortes medievales, y los que en la actualidad se conservan en las bibliotecas de prestigio, y no sólo en consideración a los personajes a quienes pertenecieron o usaron.
La miniatura en estos libros, que con el devenir de los tiempos adquirió la significación de pequeño dibujo, en su origen se empleaba para designar el material empleado en las rúbricas, que no era otro que el minio , el cinabrio o el óxido de plomo de color rojo. Posteriormente se amplió el término para abarcar las ilustraciones o miniaturas tanto grandes como pequeñas y se usa para designar las pinturas de los manuscritos medievales, en general.
En lo tocante a nuestro Libro de Horas, cuyo estudio en profundidad acomete D. Javier Docampo, con expresa y minuciosa alusión a su contenido conjunto, solamente nos cabe manifestar que en Francia y en los Países Bajos, durante el siglo XV las miniaturas relativas a estas obras piadosas destinadas a personajes y a fieles burgueses gozaban de una gran libertad de composición, con tendencia a Alograr el efecto por medio del colorido antes que por la nitidez del dibujo, apareciendo paisajes en fondos convencionales y no reales, cifrados en escenarios naturales carentes de una correcta perspectiva, discurriendo dicho arte casi en paralelo en ambos países hasta sobrepasarse la mitad del siglo XV, en que, conforme decaía en calidad la producción francesa, prosperaba y adquiría un carácter propio la flamenca, que llegó a su apogeo a finales de dicho siglo, gracias al empleo de suavidades extremas y de tonalidades profundas, esmerándose en detalles tales como el dibujar a la Virgen con su frente alta y espaciosa, que constituye un claro elemento de distinción, Aaunando con magistral encanto la suavidad maravillosa y la viveza del color. Ya entrado el siglo XVI, y gracias al empuje renacentista, Italia, que nunca había estado al nivel de dichos países ni siquiera al de Inglaterra, emula a Flandes, con el empleo de colores espesos sobre superficies duras y pulimentadas, tan característico del país trasalpino.
Mientras todo eso ocurría, España seguía al margen de la producción de estos libros.
ALGUNOS ASPECTOS SOCIALES DE LOS LIBROS DE HORAS.
Es indudable que este tipo de libros nunca ha dejado impasibles a sus propietarios, ni en el pasado ni en el presente; originariamente para acceder a estas joyas bibliográficas, era preciso disfrutar de una encumbrada posición social (reyes, reinas, princesas y sus allegados), o recibirlos por vía generalmente sucesoria y ocasionalmente por donación, ya que al resto de la sociedad, salvo concretas excepciones, le estaba vedada tanta suntuosidad y el poder hacer frente a su elevado coste. En la etapa cumbre de dichos libros, es obligado mencionar a los reyes Felipe el bueno, San Luis y Carlos el Calvo, que se considera fundador de la Biblioteca Nacional de París, y a los duques de Borgoña y de Berry en Francia, a los reyes alemanes Otón II y Federico II, al bohemio rey Wenceslao. Posteriormente, al perder los monasterios la exclusiva, y pasar a compartir el arte del miniado los gremios civiles, ya en la baja edad media, a partir de mediados del siglo XV, cuando surgió una burguesía acomodada, ésta comenzó a acceder a tales lujos, lo que provocó la proliferación libraria a que antes nos hemos referido.
Finalizada la producción de los Libros de Horas manuscritos y miniados, por las causas ya indicadas, no se produjo un nuevo resurgimiento de los mismos hasta el siglo XVIII, en que, tras el decaimiento bibliográfico, paralelo a otras artes y ciencias, resurgió, como no podía ser menos, un nuevo e inusitado interés por los mismos, gracias a una élite de personajes poderosos de toda Europa, que, muy loablemente, volvieron a sentir similar fascinación por ellos que la de sus destinatarios y adquirentes originarios, pudiéndose mencionar en España a los apasionados coleccionistas Cardenal Zelada, Lázaro Galdiano otros, o al neoyorquino J. Pierpont Morgan, gracias a los cuales se pusieron a buen recaudo y podemos conocer joyas de inusitada belleza, muchas de ellas propias de la realeza de antaño, a partir de las cuales y de los fondos de las bibliotecas más representativas de los distintos países europeos, que no siempre disponen de medios para engrosar sus fundos, la mayoría de los mortales podemos acceder a las mismas mediante las ediciones facsímiles, como la que aquí se ofrece, por módicos precios, al representar fidedignamente al original, que con ímprobos esfuerzos, y pese a tratarse de un ejemplar cuasi seriado, pudo adquirir quien tiene la enorme satisfacción de trasmitirles estas nociones elementales y de compartir un confesado apasionamiento por la belleza y por el trasfondo histórico de estas increíbles maravillas, a la vez medio y expresión de unas profundas creencias cristianas medievales, haciendo votos para que, gracias a este medio, se consiga cooperar en la búsqueda de soluciones a las inquietudes teológicas que a todo ser humano le preocupan, hoy más que nunca.
Hoy como antes, estos libros que hace siglos fueron ejecutados por verdaderos artistas de profundas creencias cristianas, para coetáneos que las compartían, aunque sólo sea mediante ediciones facsímiles, también deben y pueden surtir en nosotros una tendencia en la misma dirección, constituyendo así un eficaz medio que coadyuve al necesario enderezamiento del rumbo equivocado de nuestra sociedad demasiado consumista y atea, excesivamente condicionada por los medios de comunicación, y que no suele deparar la atención ni el tiempo debidos a los temas trascendentales y teológicos que debieran de condicionar más su existencia.
Felisindo Basteiro.
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